Empecé Healthstudio en 2026 con una molestia concreta: leer, una y otra vez, el mismo salto de un indicador tratado como si fuera una novela completa. Un mes de IPC convertido en carácter nacional. Un stock de reservas convertido en prueba moral. Un riesgo país convertido en boleta de examen. El dato no era el problema. El problema era la velocidad con la que se le pedía que explicara el país entero. Quise un lugar donde el texto pudiera tardar, firmarse en primera persona y no deberle la conclusión a una mesa de dinero.
No armé una redacción ni una «mirada de equipo». No hay un staff que avale el párrafo. Si hay un error, es mío. Si hay una duda, también. Esa es la única biografía que corresponde: la de un cuaderno que se publica los lunes, que cita al organismo y que se niega a clavar en una página estática el tipo de cambio de las 17. El resto —una infancia, un título, una foto de rostro— no entra, porque convertiría este sitio en el retrato de alguien y yo quiero que sea el retrato de un método.
Buenos Aires no es un decorado. Es el lugar desde el que leo los comunicados, pago el alquiler en pesos y escucho las mismas frases en el colectivo y en el café. Escribo desde acá, no «sobre un país visto desde afuera». Si un texto suena a manual importado, lo reescribo. El castellano de estas páginas es el de esta ciudad: vos, acá, el mostrador, el sueldo, la góndola. La precisión no se negocia; el tono, tampoco se disfraza de neutralidad de laboratorio.